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Nenos e nenas

 
A “ESCOLA  ROSALÍA  CASTRO” POR SU CINCUENTA ANIVERSARIO

En este lugar de la memoria (claridad y bruma),
distingo tu nombre, Rosalía,
y también
el palacio derruido de la infancia,
el laberinto solo y múltiple y siempre cambiante
de la adolescencia.
Veo columnas, pasillos, aulas, veo patios, veo columpios
inmóviles.
Todo vacío, como recién creado,
no tocado aún por las manos gruesas y suaves del tiempo.
Duele a los ojos tanta nitidez: el parto de la visión.
Pero comienza a poblarse el aire,
que se despereza largamente sobre el patio.
Comienza a poblarse el aire de sonidos,
un alegre y disparatado ejército de fantasmas.
Se oyen voces, gritos, risas, algún llanto intenso y breve.

¡Pita pita pita! ¡Yo llegué antes! ¡Eres un tramposo! ¡Me pido poli! ¡Me pido caco! ¡Pásamela! ¡Eh, pásamela, pásamela, que estoy solo
que estoy solo
que estoy solo
que estoy solo

Bocas al principio, únicamente bocas, una multitud de bocas vociferantes,
y luego ya las cabezas, y los brazos, y las piernas,
y los mandilones azules con los nombres bordados en el pecho,
y el movimiento tierno y violento de los primeros años,
y el rostro ya perpetuo de la primera niña por la que sentí una inclinación inesperada.
Y en medio,
como en un vano intento de dirigir el tráfico,
los profesores,
desesperados y joviales,
porque otra no les queda que ser jóvenes,
porque a quién se le ocurre, a su edad, meterse en estas chiquilladas.
Miran al cielo,
aguardan un nimbo de santidad que les caiga en la cabeza
(aguantar a estos diablos
bien lo merece),
pero del cielo sólo caen
balones.
Entonces, una mano adulta
toca la nefasta campana. Algún niño hay, valiente como Ulises,
que se ata al mástil del columpio, heroicamente,
y resiste mientras puede.
Al final y sin remedio, todos en las aulas. El juego continúa
de otra forma más seria.

¡Ay, más tarde, la sufrida adolescencia!
¡La sufrida y exagerada y más pueril que la infancia,
más ridícula sin duda,
adolescencia!
Yo la llevé en silencio. Fui sensato
y aburrido, señores.
Batallas de hormonas en las aulas, a vueltas con Platón,
con Garcilaso, las sacrosantas ecuaciones
en fragilísimo equilibrio,
y un poema de amor, un silencio
inoportuno, una riña de amigos, mil desastres transitorios.
Y los profesores, de nuevo, miran al cielo (o al techo de las aulas),
rezan a Dios o al Che o a Santo Tomás de Aquino,
y esperan también que les caiga un nimbo celestial,
al menos una llave
que abra las cabezas de tanto adolescente.
Y no caen balones, como antes; esta vez
caen problemas.

Así, generación tras generación, camada tras camada
(cincuenta años ya),
este dulce palacio de la infancia,
este familiar laberinto de aulas y pasillos,
esta llama roja
con nombre de poeta,
este colegio (en fin, llamemos a las cosas por su nombre)
ha sido (y ahí va la palabra, ahí va lo importante
de tanto verso inútil)
hogar.
Larga vida.


David Pérez Álvarez, ex - alumno
2011